Barrionalismo: cuando los barrios dialogan

En la Sala Cuarterías del Teatro Cuyás. Al lado, Aniba

El pasado 22 de octubre tuve la suerte de participar en la segunda jornada del ciclo ¿A quién pertenece la ciudad? Cultura, poder y disputas urbanas, organizado por la Cátedra Cultura y Desarrollo Territorial de la Universidad de Las Palmas de Gran Canaria en una sala del Teatro Cuyás. Me contactaron para hablar de Barrionalismo

Antes que yo habló Aniba Faycan, un talentoso rapero y poeta que acercó Barrionalismo a su propia experiencia como “chico de barranco” en su barrio (Lomo del Fraile, en Tamaraceite). Se podría decir, en realidad, que le puso piel al discurso. Presentó el acto Rubén Pérez Castellano, que fue la persona con la que estuve en contacto en todo momento para llevar a cabo la sesión junto con Tony Ramos Murphy. Los tres fueron, además de compinches de la tarde, magníficos anfitriones en una visita rápida a la ciudad, que se alargó hasta el domingo (ya con la compañía de Silvia). Un punto de comienzo del que me llevo retazos impresionistas de barrios interesantísimos como La Isleta o Guanarteme.

Os dejo los apuntes que llevaba para la charla. No es exactamente lo que conté, pero se le acerca (olvidé cosas, recorté algo y surgieron líneas de diálogo con Aniba).

Barrionalismo

Empezamos por preguntarnos, ¿qué es un barrio? Ojo, porque la pregunta es más complicada de lo que parece.

Desde el punto de vista formal es una división territorial y administrativa de rango bajo, más pequeña que un distrito, un municipio o un Estado. En algunos lugares tiene otros nombres, como parroquia o comuna.

Pero un barrio no es solo eso. Piénsenlo, ¿las fronteras que ustedes y sus vecinos piensan para su barrio coinciden con las del callejero estrictamente? ¿No conocen barrios cuyo nombre popular nada tiene que ver con el oficial? En mi ciudad, por ejemplo, Malasaña, Lavapiés o Chueca. Aquí, según he podido saber, el barrio Atlántico es conocido como La Feria.

No vamos hoy a profundizar en autores o conceptos académicos, pero si quiero hablar brevemente de una idea necesaria para entender todo lo que voy a contar: la producción social del espacio. El filósofo francés Henry Lefevbre escribió una obra sobre esta idea tan potente. El espacio se produce socialmente. Va más allá, esta producción del espacio puede ser desde arriba o desde abajo.

Desde arriba lo producen las administraciones cuando llevan a cabo un plan urbanístico, las empresas constructoras o los arquitectos que lo dibujan sobre el papel. Desde abajo, los vecinos. Desde este punto de vista, el barrio no son sus metros cuadrados sino las relaciones sociales que se establecen en él, creadas a través de un sinfín de interacciones que establecen la vecindad.

Cuando hablamos de barrio, y no digamos de “ser de barrio”, solemos entender que nos referimos a barrios populares. Solo si le ponemos el adjetivo “rico” entendemos otra cosa. Cabe preguntarse, ¿acaso las élites no tienen una identificación con el espacio en el que se desarrollan sus comunidades? Rotundamente sí, la prueba es que muchos de sus barrios están controlados por seguridad privada para que no entren “los otros”.

Sin embargo, sus espacios sociales han sido históricamente el club o la parroquia, entre otros lugares alejados del bullicio de la calle. Aunque actualmente la presidenta de mi comunidad autónoma ha intentado establecer una especie de nuevo nacionalismo madrileño alrededor de salir de cañas el espacio central es la terraza, un simulacro de calle.

En los barrios como aquí los entendemos la calle funciona como institución social, es decir como un espacio compartido con reglas informales que articulan la comunidad. Una advertencia: esto ha sucedido así porque las casas de sus vecinos eran una mierda y las relaciones de apoyo mutuo que se han forjado en la calle, que yo considero como una de las características del barrionalismo, tienen que ver con las carencias materiales antes que con una decisión política.

Me di cuenta hace muchos años en la fiesta de un grupo de vivienda de barrio. Recordarán que después del 15M la PAH y otras asambleas de vivienda en los barrios fueron las depositarias del apoyo mutuo. Los ecos de las experiencias en esta ciudad, de la FAGC (Federación Anarquista de Gran Canarias) hace años o Derecho a Techo hoy, han conseguido llegar hasta la península.

Durante la fiesta me enteré de que la mayoría de la recaudación de la noche se destinaría a comprar los billetes de metro con los que los miembros del grupo de vivienda acudían durante la semana a las convocatorias de desahucios de otros barrios. Madrid es una ciudad muy grande. El proyecto político era, antes que nada, un lugar donde agruparse y generar calor frente a los vientos helados del capitalismo.

Y así ha sido siempre en los momentos en los que las barriadas han tenido un mayor protagonismo político a lo largo de la historia. Piensen en los barrios en formación de las grandes ciudades en los años veinte y treinta, que se convirtieron en el espacio del movimiento obrero. Piensen en las barriadas de aluvión durante el franquismo en las que el barro llegaba hasta las rodillas, donde germinó un potentísimo movimiento vecinal. Momentos en los que la construcción desde abajo del espacio por parte de los vecinos fue un hecho literal: las casas se levantaron con sus propias manos.

Por ello, cabe advertir que la apelación que hago al barrionalismo nada tiene que ver con romantizar la pobreza o regodearse en las caracterizaciones de la cultura popular (su música, sus formas de hablar, etc.) expropiadas hoy en día por el capitalismo y convertidas en mainstrem.

Barrionalismo es un término más informal que académico –aunque últimamente hayan aparecido unos pocos papers que hablan sobre el tema– que surge como oposición a nacionalismo. Este, en su definición clásica de Benedict Anderson, es una comunidad imaginada. El barrionalismo quiere acercarse a la comunidad real en lo posible. Donde uno establece categorías de unión lejanas, con personas con las que no se comparte espacio ni necesariamente clase, el otro enfatiza la importancia de la experiencia cercana como potencialidad política. Un nacionalista nombrará una calle con el nombre de un padre de la patria y una comunidad barrionalista pondrá la placa de un vecino reconocido dentro de su barrio al solar reconvertido en parque.

La perspectiva barrionalista solamente será útil socialmente si es abierta. Si cualquiera es bienvenido a la comunidad, en la mejor tradición de los barrios obreros donde siempre todo el mundo fue migrante o hijo de migrante. Últimamente he encontrado políticos de VOX reivindicando el barrio como guardián de las esencias de la tradición y señalando como peligro al kebab o al bar de bachata. Estos, en realidad, son nacionalistas disfrazados.

Aquí reivindicamos, sin desconocer sus límites, el barrio como lugar en el que agruparse y desde donde construir. Y el apoyo mutuo, que le es natural y que germina en infraestructuras sociales –un término popularizado por el sociólogo Eric Klinenberg– e instituciones populares.

¿Qué infraestructuras sociales? Algunas informales, como la propia calle, la taberna, que durante décadas fue, para lo bueno y para lo malo, el único espacio de ocio de muchos barrios, o el solar reconvertido en espacio social de facto. Otras infraestructuras sociales más formales, como la sede de la asociación vecinal, el huerto urbano, el centro social okupado o la parroquia.

¿Qué instituciones populares? En los años 30 fue el sindicato, en los setenta la asociación vecinal y hace quince años el grupo de vivienda de barrio, por ejemplo. Pero también lo son a veces el AMPA del colegio o la agrupación deportiva de barrio.

Unas y otras surgen de enfocar la cotidianidad, que quedamos que era el mimbre con el que construimos el barrio, de forma política. Pero, ¿de qué manera operamos sobre esta cotidianidad? Vamos a pensar en voz alta sobre ello.

El conflicto

Aunque tiene muy mala prensa, es imposible eludir el conflicto como elemento determinante de la construcción social desde abajo en los barrios. En primer lugar, porque muchos barrios son lo que son después de manifestaciones y peleas con la administración.

Sin embargo, creo que también tenemos que atender al conflicto como espacio de sociabilidad, por extraño que suene. Es evidente que el conflicto ha sido el detonante de la aparición de lo que hemos llamado instituciones populares, y también que estas y sus infraestructuras sociales han sido un ámbito de sociabilidad omnipresente en los barrios.

La intensidad de tener enfrente a unos antidisturbios o la exaltación de una manifestación puede generar momentos desbordantes, pasionales, cuyas secuelas a veces son indelebles en la piel de la memoria.

Desde el punto de vista de la violencia simbólica sufrida por los habitantes de un barrio con carencias materiales, el conflicto pone en la tesitura de ser conscientes de compartir una misma situación de sufrimiento. Así sea no tener pediatra en el centro de salud, que el autobús no llegue hasta allí o ser señalado por los demás como un potencial delincuente.

En el libro Barrionalismo hablaba de los niños latinos que cerca de mi casa tenían sus primeras experiencias con la policía solamente por estar jugando solos en la calle, en el llamado parque de los dominicanos. También de lo que llamaba pandillas del andén, muchachos del sur de Madrid, su parte más industrial, que se movían entre las estaciones de la red de tren de Cercanías, bailaban en sus andenes, escuchaban música alto o merodeaban por los andenes. Sujetos vistos como sospechosos a pesar de no meterse con nadie que ejemplifican bien lo que la prensa de hace un siglo identificaba como golfos y equiparaba con potenciales delincuentes. Portadores de algún tipo de degeneración moral solamente por su procedencia a los que recluían en instituciones y medían la mandíbula.

 Esta toma de conciencia colectiva, tanto de problemas como de afrentas comunes, es la que posibilitó la creación de los movimientos obrero o vecinal a los que ya hemos aludido. Por ello, el conflicto es también fuente de identidad, en este caso de lo que estamos llamando barrionalismo, porque nos sitúa junto a unos y frente a otros.

La fiesta

Cuando escribí el libro Barrionalismo plasmé allí varios ejemplos de cómo la organización de fiestas populares ha sido inseparable de los procesos de construcción del barrio. Quizá el ejemplo más conocido fuera de Madrid sea el de Vallecas. En el contexto de construcción de una identidad barrial contestataria, que incluía que Vallekas se escribiera con K, su emblema circulado y hasta una mitología inventada sobre el origen del barrio, desde la librería libertaria El Bulevar comenzaron a celebrar las fiestas de La Carmela por Nuestra Señora del Carmen. Como es la matrona de los marineros, declararon Vallekas independiente y “puerto de mar”. Como se celebra en julio y hace calor, la gente empezó a tirarse espontáneamente agua y así nació la Batalla naval de Vallekas, que se sigue celebrando a día de hoy.

Durante la pandemia, a los periódicos les gustaba mucho resaltar las iniciativas individuales de asistencia a las personas mayores o enfermas. Vecinos cuyas caras pudieran ilustrar la noticia o restaurantes que repartían comida localizables en Google Maps. Sin embargo, cuando evaluamos lo que fue aquello, nos damos cuenta que las redes de apoyo mutuo más potentes y duraderas se edificaron sobre las instituciones populares e infraestructuras sociales ya existentes.

Una de estas redes de mi barrio estaba naciendo sobre la plataforma creada para organizar unas nuevas fiestas populares del barrio de Bellas Vistas y germinó también en un centro social.

La memoria y las genealogías

Antes, todos éramos capaces de saber de dónde venía el barrio de forma sensorial. Por la forma de sus construcciones, las tipografías de sus comercios, sus toldos, la ropa tendida…En los barrios de nueva construcción, sin embargo, todas las casas se parecen entre sí y solamente acercándonos a ver las calidades podemos apreciar si pertenecen a una conurbación urbana del sur o del norte.

La ciudad consensual crece sobre la idea de clasemedianismo a la que aludimos antes, una ciudad sin conflicto para la gran clase media. En los renders y los planos de las promociones, tal y como explica el antropólogo Manuel Delgado, opera una misma idea de desconflictivización: apenas hay gente y la que aparece, perfectamente ordenada, suele ser joven, guapa y blanca.

Todos sabéis que los barrios no tienen patrimonio, tienen activos inmobiliarios. Durante la primera mitad de 2021, un grupo de vecinos del distrito de Tetuán, mi barrio, se juntaron para pedir la protección de las casas obreras de finales del XIX y principios del XX. Casas humildes en ladrillo con bonitos adornos hechos a base de combinar imaginativamente los ladrillos. Se llama neomudéjar popular, aludiendo al estilo que a la vez se estaba empleando para construir hospitales, conventos o plazas de toros. Se llevó a cabo un mapeo popular en el que participaron decenas de personas y fueron determinantes algunas de las instituciones populares del barrio: la asociación vecinal nacida hace medio siglo y el centro social que nació coincidiendo con la pandemia.

Tres años después se conseguiría que el Ayuntamiento incluyera en el catálogo de edificios con algún tipo de protección centenares de estas casas en todo Madrid, un éxito que no ha hecho que sigan tirándose muchas, pero ha frenado su extinción y ha precipitado la definición de algo que ya estaba en el imaginario popular del vecindario de forma difusa.

Pero antes, sucedió un suceso que se me antoja significativo. En octubre de 2022 se desalojó La Higuera, una casa de 1925 que llevaba más de diez años okupada en una calle secundaria de Tetuán. Se trataba de una preciosa casita neomudéjar popular, una de aristas especialmente armoniosas.

Toda la manzana amaneció acordonada por la policía. Al otro lado de la cinta de plástico, algunas decenas de chicos y chicas jóvenes habían acudido a la llamada para evitar el desalojo. Otro grupo resistía en el interior de la casa y, algunos, lo hacían subidos al tejado de la casita de dos plantas de altura con una bandera negra. El desalojo se llevó a cabo con la participación de varias decenas de policías, carreras, porrazos y seis detenidos.

Nada más producirse el desalojo, la piqueta se cebó con la casita reduciéndola a una montonera de ladrillos, pese a que el día antes la Asociación Vecinal Cuatro Caminos-Tetuán había registrado ante el Ayuntamiento una solicitud de paralización del derribo porque la licencia estaba caducada.

Los manifestantes proferían gritos como “Ni gente sin casa, ni casa sin gente” o “Un desalojo, otra okupación”. Pero también otros que pivotaban sobre el sentimiento de barrio: “De Tetuán, nos quieren echar, derriban nuestras casas para especular”; o “Tetuán no se vende, Tetuán se defiende”. Y hasta de conciencia patrimonial: “El Neomudéjar, me lo dejas”.

En realidad, la apelación a la conservación de las casas populares y obreras había estado presente en la campaña pública contra el desalojo durante los días anteriores. La reivindicación de la memoria de las viejas casas obreras de ladrillo, que había comenzado solo unos meses antes, se había hecho ya sitio en el repertorio de reclamaciones de los movimientos sociales del barrio.

Un cartel de obra había sido cómplice y testigo de la mañana de sudor y rabia. El solar lleno de cascotes, junto con otro producto de un derribo anterior, albergaría pronto una nueva construcción que rezaba el nombre Castellana Norte, haciendo patente en la nomenclatura el borrado de la barriada popular, conocida como Valdeacederas.

La anécdota ilustra de qué manera la elaboración de genealogías y memorias del barrio en desaparición, cuyos muros se quieren desfigurar y su nombre olvidar, son antes una necesidad que una elección también.

¿En la Puerta del Sol hay una ciudad o un barrio?

Ayer cuando llegué aquí por la mañana, después de darme una ducha, me eché a dar una vuelta por la ciudad. Deambulé un rato por los barrios de Triana y Vegueta (en mi cabeza era el centro de la ciudad, luego descubrí que los palmenses no le llamáis así). Luego, fui a visitar la plaza, donde estuvo días atrás la acampada por la vivienda local. He cogido un avión y he viajado desde más de 1700 kilómetros de distancia. Allí aún sigue en pie la acampada por la vivienda de la Puerta del Sol. Cuando se habla de ella, se echa mano recurrentemente de la metáfora de “la ciudad de Sol”, tal y como ya sucedió hace quince años. A la vista de lo hablado hace un momento, ¿podríamos utilizar la metáfora inédita del “barrio de la Puerta del Sol”? Veamos.

La acampada es un espacio en el que el conflicto es un hecho vertebrador, en este caso incluso fundacional. También el conflicto interno, que pone a sus habitantes frente al espejo. Se ha tenido que afrontar el reto de integrar como compañeros a vecinos sin techo y han surgido discrepancias, como las del llamado barrio del Perro, cuyos habitantes han decidido independizar su gestión del resto de la acampada.

Es un espacio en el que la fiesta es un elemento central. Se cantan consignas, se acercan los artistas por la noche y los curiosos los fines de semana como si de un espectáculo se tratara. El conflicto y la fiesta son parte de una cotidianidad que ha ido construyendo consuetudinariamente unas reglas. ¿Qué nombre ponemos a esta calle? ¿Quién se ocupa de limpiar y quién de vigilar?

Sus habitantes se asemejan hasta o los golfos, los mataos, los chicos y chicas del andén. No comparten con ellos necesariamente su clase social, pero, en esta simulación metafórica y temporal se convierten en el otro, portadores de la degeneración moral, habitantes de un lugar maldito contaminado por él. O que acaso lo contaminan ellos, como ha pretendido la Presidenta de la Comunidad de Madrid al cerrar la estación de metro por presuntos problemas de salubridad.

Es un espacio en el que la cultura material habla por sí misma. Sus muros, levantados por sus habitantes de noche como los de los barrios de aluvión durante el franquismo, son cutres. El tiempo otoñal ha pasado rápido por las telas, como cualquier paseante puede comprobar.

Es, en definitiva, espacio reapropiado. Volviendo a Lefevbre, producido desde abajo, aunque sea con las tiendas de campaña de una conocida multinacional de deportes. Un extraño tumor en un espacio de poder, en la ciudad eminentemente construida desde arriba, frente a la sede de la Comunidad de Madrid, que recupera la memoria de cuando siglos atrás Sol fue plaza del arrabal medieval.

Yo creo que la llamada ciudad efímera de la Puerta del Sol, por más que sus habitantes hayan trazado un cardo y un decumeno como en las ciudades romanas, se ha comportado rápidamente como un hecho urbano imprevisto, se ha convertido en un barrio.