
Este año, me propusieron ser el pregonero de las fiestas populares del distrito de Tetuán, que se celebran el mismo fin de semana que las oficiales pero en distintas ubicaciones y organizadas por una panda de locos maravillosos militantes en distintos proyectos, espacios y asociaciones (concretamente Espacio Bellas Vistas, Espacios Comunes-Lorenzana, Asociación Vecinal Cuatro Caminos-Tetuán, Asamblea de la Juventud Trabajadora de Tetuán y el Sindicato de Vivienda de Tetuán).
Me quedé bocas cuando me lo pidieron pero dije inmediatamente que sí. ¡Menudo honor! En vez de pregón se llamó proclama porque la Junta de Distrito pidió que no se llamara igual que el pregón oficial, que se dio el mismo día en el recinto ferial del parque Rodríguez Sahagún.
El pregón fue en la Plaza de las Palomas, un espacio con mucho significado para los movimientos sociales de Tetuán, para las familias migrantes que allí pasan las tardes y, en general, para el barrio. Lo hicimos después de que llegará a la plaza un desfile de la comunidad filipina que recorrió muchas de las calles cercanas para solaz de los vecinos, que se asomaban medio en bolas y acalorados a las ventanas para ver pasar la fiesta.
Poco antes de leerlo, me di cuenta de que había escrito demasiadas palabras así que pedí un boli y taché algunas partes del texto que llevaba preparado, sobre todo del principio. Creo que fue un acierto. No obstante, dejo por aquí el texto tal y como llevaba escrito

Queridas convecinas, gentes buenas de Tetuán.
Acomódense en esta su plaza para dar comienzo a las fiestas populares de Tetuán, unos festejos en los que todo el mundo es igual y a nadie se echa de más.
Pero, si estas son unas fiestas sin patrones ni matronas, sin palco de autoridades, autoridad gubernativa o fuerzas del orden, ¿por qué narices hay un pregonero?, dirán…
Antaño, el pregonero voceaba los asuntos de la comunidad en el espacio público. Solían ser los designios de las élites: el corregidor o el alcalde. Cuando pregonaba los bandos de las fiestas, advertía de los límites del festejo. Dónde se podía poner un puestecillo de limonada o hasta qué hora estaba permitido permanecer en la calle, so pena de que llegaran los alguaciles a aguar la fiesta o a disolverla a palos.
Porque una fiesta oficial es un paréntesis de descontrol… solo aparente. Guiado por las élites. Menos mal que las fiestas siempre, siempre, se desbordan. Sobre todo, en verano. Y especialmente si son fiestas construidas desde abajo, fiestas populares como estas.
En este tipo de festejos, nacidos desde la horizontalidad, el pregonero no debería tener más mérito que prestar su garganta a la voz colectiva del pueblo, en este caso del vecindario. A ver qué tal sale.
Las fiestas populares comparten con los motines, las algaradas o las manifestaciones muchas cosas. Son reuniones ruidosas de cuerpos. Son ocupaciones populares de la calle. Son elementos de construcción de la comunidad rebelde. Son divertidas y son políticamente muy potentes.
De igual manera que las fiestas oficiales son formas amables de construcción de la sociedad desde arriba, las fiestas alternativas son formas de construcción desde abajo. La historia de nuestros barrios es siempre el cruce de caminos entre la ciudad que nos hacen y la que hacemos.
Cuando gentes migrantes y trabajadoras llegaron en el siglo XIX a las puertas de Madrid y crearon de la nada el barrio que hoy habitamos, el poder le inventó una historia. Crearon un origen mítico: los soldados venidos de la guerra de África como fundadores del barrio. Y lo llamaron Tetuán de las Victorias y abrieron iglesias y se inventaron la virgen de las Victorias y empezaron a celebrar unas fiestas en su honor. Unas fiestas patronales para negar que el barrio lo estaban construyendo personas migrantes y trabajadoras.
Así que la gente empezó desde el principio a desbordar la fiesta. Como aquellos anarquistas y librepensadores de Tetuán que provocaron la estampida de las vaquillas en un encierro en honor a Nuestra Señora de las Victorias. O como nuestros vecinos de La Ventilla, que montaron en los setenta sus fiestas de verano y llenaron el barrio de murales reivindicativos donde se leían lemas como Barrio y juventud. O como las fiestas de Radio Almenara en el Rodríguez Sahagún durante tantas noches tropicales de verano. O como las fiestas de Bellas Vistas, que se han celebrado en los últimos años, sin patrón ni matrona, organizadas por las vecinas, con sus ritmos de bachata y su paella popular en el Espacio Bellas Vistas.
Esta plaza es el escenario perfecto para hablar de la construcción popular del barrio. Cómo no lo va a ser un lugar cuyo nombre, Plaza de las Palomas, no sale en el callejero oficial, pero está en todos los mapas mentales de los vecinos y vecinas de Tetuán.
Una plaza cuyas aristas duras, ruidos y humos ejemplifican el modelo de ciudad que sufrimos. Pero cuya vida vecinal cualquier tarde-noche de verano es buen ejemplo de cómo la gente es capaz de hacer suyas las calles.
En esta plaza hemos hecho centenares de asambleas y de fiestas desde el 15M. De comidas populares –“del traje”–, quedadas para ir a manis, concentraciones vecinales y hasta homenajes a algún compañero que nos dejó antes de tiempo (me acuerdo ahora de Paco el de Tetuán).
El motín, la fiesta y el sepelio popular, todas las manifestaciones de la política del pueblo han tenido cabida aquí.
También ha sido territorio de disputa y, hasta la fecha, podemos decir que la plaza sigue siendo nuestra. En 2017, cuando los nazis okuparon en el barrio, venían a recoger su comida “solo para españoles” a las puertas de ese supermercado, y hubo quienes se pusieron delante de ellos. En 2021, Ortega Smith llegó a la plaza para provocar con un mitin mientras la policía contenía a las vecinas que protestaban al otro lado de Bravo Murillo.
Pero la plaza es de todos, su carácter popular se renueva cada vez que a un crío se les escapa la pelota a una terraza o una señora marroquí desenvuelve la cena sobre uno de sus bancos. Y hoy estamos aquí para reafirmarlo una vez más con las fiestas populares de nuestro barrio. Con el mismo humor que demostramos cuando elegimos a la torreta más guapa o nos vestimos de hortelanos para gritar junto a la Junta Municipal que La Huerta de Tetuán se queda.
La fiesta produce embriaguez, un estado alterado de conciencia que no necesita necesariamente de sustancias. Que nos posee a través de la excitación de celebrar colectivamente y nos anima a enunciar en voz alta, y con sana rabia, todo aquello que debería ser nuestro.
Vamos a hacer recuento de cuentas pendientes, ahora que empezamos a estar todos un poco embriagados. ¿Qué cosas celebraremos en un futuro cercano?
- Montaremos una rave en la calzada de Bravo Murillo por su peatonalización.
- Lloraremos de risa –que es lo que más jode a los malos– por la permanencia de todos nuestros vecinos en sus casas. Gritaremos, “no toleramos ni un desahucio más” y tomaremos las llaves de todos los pisos turísticos.
- Celebraremos la victoria de los bloques en lucha del PERI Tiziano-Dulcinea.
- Montaremos una cena vegana en la nueva sede de la cooperativa agroecológica Ecosol.
- Declararemos la fiesta del neomudéjar popular y de las casitas bajas; y organizaremos cenas populares en los patios de vecindad. Estaremos todos invitados. Los banqueros, no.
- Montaremos fiestas en uno, dos, tres, mil centros sociales. Y Espacio Bellas Vistas, Lorenzana, La Huerta de Tetuán o La Enre serán solamente los más veteranos de entre un centenar de espacios vecinales.
- Llenaremos el barrio de huertas y declararemos una fiesta de la primavera y un Primero de Mayo y un 8M cada trimestre. Lo amenizarán los grupos formados en las clases de música de los coles públicos del barrio.
Pero llegó la hora de continuar la fiesta, no queda más que decir, solamente proclamar que
¡Que viva las fiestas populares de Tetuán! Que pase lo que tenga que pasar

